Los primeros rastros de escritura se remontan a la antigua Mesopotamia, entre cuatro y cinco mil años en el pasado. Era un tipo de escritura cuneiforme, creada por el pueblo sumerio y tallada en tablillas de arcilla. Este medio hacía que los textos escritos fueran demasiado pesados, por lo que a los egipcios se les ocurrió utilizar tinta vegetal y papiro. Desde entonces, las formas de escritura y sus soportes fueron evolucionando hasta convertirse en el libro moderno que conocemos hoy.
Pero ¿cuándo aparece el primer libro como objeto? ¿Y cuáles son los momentos más significativos en su historia? ¿Cuándo adquiere su forma moderna? Estas son algunas de las preguntas sobre las que gira este artículo, que aborda las transformaciones del libro y los cambios que sufrió. En esta ocasión, dejamos de lado su forma digital, que ya analizamos en el artículo sobre la historia del libro electrónico.
El libro en la Antigüedad
Lo mencionamos al principio: el sistema de escritura más antiguo que se conoce consiste en símbolos cuneiformes que se grababan con un cincel u otro elemento punzante en piezas de arcilla húmedas que luego se ponían a secar. Estas incisiones tenían forma de cuñas dispuestas de manera piramidal.
Se cree que el primer libro de la historia fue escrito en lengua acadia con este tipo de escritura. En la Epopeya de Gilgamesh, el escritor babilonio Shin-Leqi-Unninni recopiló, entre el 1300 y el 1000 a. C., un mito que circulaba oralmente desde hacía más de mil años y que se cree que influyó en importantes obras posteriores, como la Ilíada, la Odisea e incluso el Antiguo Testamento hebreo.
A las piezas de arcilla les siguió el rollo de papiro en el que se escribía con tinta vegetal. Los hallazgos más antiguos de este tipo de soporte datan de Egipto, alrededor del 2400 a. C. El papiro provenía del Cyperus papyrus, un junco nativo del Nilo. Esta planta acuática era cortada, prensada y secada para producir una hoja en la que se escribía con el tallo afilado de una caña.
El rollo de papiro se componía de hojas individuales que se pegaban unas a otras y podía alcanzar hasta 16 metros de longitud. Se escribía en columnas en el interior del rollo, que se conservaba en tubos de madera, ya que el material se desgastaba fácilmente y era muy susceptible a la humedad.
Más adelante, alrededor del siglo II a. C., se comienza a producir un nuevo material, más resistente y práctico para la escritura: el pergamino, una membrana de superficie pulida, elástica y muy resistente que se obtiene de la piel de los animales tras un proceso de calcinación. Algunos de los pergaminos más refinados son considerados hoy uno de los mejores soportes para la escritura debido a su durabilidad y la calidad de su superficie. Su nombre proviene de la ciudad de Pérgamo, en la antigua Grecia.
Durante este período también aparecen las tablillas de cera, pequeños rectángulos de madera con profundidad que se cubrían con múltiples capas de cera y que podían unirse unos a otros con hilos. Estas tablillas eran reutilizables; solo había que rascar la cera y se podía volver a escribir en ellas usando un punzón de madera, metal, hueso o marfil. Las tablillas de cera no se conservaban bien, pero eran útiles en la vida diaria y fueron el primer intento por crear un medio en el que se pudiera modificar lo escrito.
El libro en la Edad Media (siglos V – siglo XV)
El pergamino fue el material más utilizado para la producción escrita durante buena parte de la Edad Media. Sin embargo, hasta la invención del códice, hacia el siglo IV d. C, se siguió utilizando el papiro. Es entonces cuando la forma del libro se convierte, a grandes rasgos, en la que conocemos hoy: un objeto rectangular de varias hojas apiladas y cosidas unas a otras. Este formato se consolida cuando el cristianismo se convierte en la religión oficial en Europa.
Durante los siglos siguientes, el pergamino volvería a la escena para confeccionar las hojas del códice. En este período, la producción del libro y el cristianismo estaban íntimamente ligados: la palabra escrita pertenecía exclusivamente a la Iglesia. Desde los monasterios, los escribas eran los encargados de reproducir la palabra divina de forma manuscrita en los códices.
El monopolio de la Iglesia caería en los siglos XII y XIII, cuando la producción del libro comenzó a ser disputada por profesionales laicos en el contexto de la aparición de las universidades y los talleres urbanos. La nueva demanda produjo cambios no solo en la producción, sino también nuevas formas de escribir, que contribuyeron a una expresión más clara y legible de la palabra escrita. Aparece la littera moderna o escritura gótica, una tipografía de caracteres más compactos que facilita la lectura. Asimismo, comienza a tener mayor importancia la organización del texto: la separación de las palabras, la puntuación, las abreviaturas y las columnas.
El pergamino comienza a caer en desuso cuando los árabes introducen en España el papel (un invento chino). El primer molino de papel de la Europa medieval se funda en Játiva a mediados del siglo XI y, desde allí, este nuevo soporte se extiende por el resto del continente. El papel, al ser más fácil y barato de fabricar, empuja la producción editorial y se consolida como el material más utilizado para fabricar libros a partir del siglo XV, con la llegada de la imprenta.
El libro en la Edad Moderna
La creación de la imprenta de Johannes Gutenberg, en 1450, en Alemania, fue uno de los primeros antecedentes de la revolución tecnológica que cambiaría la producción de conocimiento en Occidente. Y decimos en Occidente porque el mecanismo de tipos móviles había sido desarrollado por Bi Sheng, en China, unos 400 años antes de que lo hiciera Gutenberg.
Sin embargo, fue la imprenta de Gutenberg la que tuvo un impacto significativo en la producción de libros, similar al que tuvo la máquina de vapor en la industrialización temprana de Europa. Este invento estandarizó los diferentes procedimientos involucrados en la confección del libro y reemplazó la reproducción manual manuscrita por la reproducción a partir de tipos móviles.
No todos los avances sucedieron al mismo tiempo, aunque sí los fundamentales: la imprenta introdujo la fabricación de caracteres a partir de una matriz metálica única y el empleo de una tinta más concentrada. El antecedente de esta técnica es la xilografía, un procedimiento que consiste en realizar un grabado sobre madera para reproducir imágenes sobre tela mediante una misma matriz (procedimiento también creado en China). La técnica de Gutenberg utilizaba el mismo principio para crear tipos que pudieran combinarse en una misma caja tipográfica para formar líneas de texto idénticas y compaginar páginas con gran rapidez.
La imprenta de Gutenberg permitió automatizar la tarea del copista monástico y, por lo tanto, reducir los tiempos y costos de la producción de libros. Así comenzaron a definirse las profesiones involucradas en la producción como las conocemos hoy en día: el impresor, el librero, el editor, el corrector de galeras e incluso el autor se convirtieron en profesionales durante este período. La producción, sin embargo, seguía siendo artesanal.
Pero si bien este período (1450 hacia 1550) es considerado como el nacimiento del libro moderno, lo cierto es que, según Roger Chartier, existen más continuidades que transformaciones entre el libro manuscrito y el libro impreso. De hecho, este último buscaba reproducir el formato y diseño del libro manuscrito medieval, cuyos aspectos fundamentales fueron definidos durante los siglos previos a la imprenta: la división de páginas, la numeración, el formato de columnas y líneas, así como también las relaciones semánticas entre el texto y sus glosas, notas e índices. Los libros de este período son conocidos como paleotipos o incunables (del latín incunabula, “en la cuna”).
Durante la segunda mitad del siglo XV, la producción fue dominada por los impresores italianos, principalmente en ciudades como Venecia o Florencia, que hicieron uso del mecanismo de Gutenberg para crear sus propios negocios de impresión y competir activamente por un mercado impulsado por el movimiento humanista del Renacimiento italiano (y, en el siglo siguiente, con la Reforma protestante en Alemania).
El francés Nicholas Jensen (1420-1480) y el italiano Aldo Manuzio (1452-1515) fueron dos de los impresores más representativos de Venecia durante este período. Recuperaron textos clásicos de ciencia y humanidades de la literatura griega clásica y romana, con una creciente mirada editorial: Manuzio, por ejemplo, se especializó en ediciones más pequeñas y portátiles, mientras que Jensen jugó con diferentes tipografías (como el tipo romano y la fuente griega que imitaba la letra manuscrita), ilustraciones y decoraciones de gran calidad.
El libro en el Antiguo Régimen francés y el nacimiento del editor moderno (siglos XVI – XX)
Tras la expansión de la imprenta en Europa, el libro sufrió modificaciones técnicas de forma paulatina. La principal fue en su contenido, sobre todo luego de cambios sociales y políticos como la Reforma luterana, la Contrarreforma y la Ilustración. Antes, la mayoría de los libros eran de tipo litúrgico y eclesiástico, como las primeras Biblias en lengua vernácula y las obras medievales de san Agustín, san Alberto el Magno y san Bernardo. El libro impreso y el manuscrito medieval convivieron hasta el siglo XVI.
A partir de entonces, el libro como objeto sufre transformaciones menores y sucesivas: formatos más pequeños y portables (que impulsaron la revolución en la lectura silenciosa y privada), la encuadernación y la decoración renacentista de los impresores venecianos que dieron mayor protagonismo a la portada, popularizaron la letra romana (en oposición a la gótica) y el empleo de la calcografía para las ilustraciones (en oposición a la xilografía).
En el siglo XVIII, resurge el arte tipográfico y la calidad del libro se convierte en un aspecto central de la producción. El mercado de los libros se consolida como un negocio altamente lucrativo, y las ediciones alcanzan su mayor nivel de calidad hasta entonces. La Ilustración como movimiento trajo consigo un apetito por el conocimiento y la ciencia, lo que impulsó la creación de obras como enciclopedias, diccionarios, manuales y gramáticas.
En este período, Francia se convirtió en el epicentro de la Ilustración. La Enciclopedia o diccionario sistemático de las ciencias, las artes y los oficios, o simplemente la Enciclopedia Francesa, del escritor, filósofo y editor Denis Diderot, es considerada la Biblia de la Ilustración. Las entradas de la enciclopedia fueron realizadas por algunos de los autores y pensadores más importantes de este período: Rousseau, Montesquieu, Bufón, Malesherbes y Voltaire son solo algunos de los que participaron en su creación.
La figura del editor se convierte en el eje central del circuito del libro al separarse de la tarea del impresor y el librero. La Enciclopedia se publicó en 1751 y contó con 17 volúmenes de texto y 11 volúmenes complementarios con ilustraciones y grabados (unos 2500). Esta obra tiene todas las características de las enciclopedias del siglo XX y se convirtió en el libro más vendido en Francia y en los países limítrofes.
La aparición de la Enciclopedia suscitó muchos problemas y reacciones violentas por parte del Gobierno francés de la época. Diderot debió combatir con los censores del Antiguo Régimen y luchar activamente por obtener permisos para la publicación de una obra que se oponía a las concepciones religiosas, la posición de la monarquía y las costumbres heredadas para dar lugar a concepciones científicas del mundo y la naturaleza.
Las distintas labores editoriales que conocemos hoy terminaron de consolidarse durante este período: los autores, impresores, libreros, correctores, ilustradores y otros actores, organizados por la figura del editor, hicieron de esta una industria de peso que contribuyó al clima intelectual que desembocaría en la Revolución francesa y el reclamo por la libertad de prensa.
El libro en la Edad Contemporánea (siglos XIX – XX)
Durante los dos siglos siguientes, la producción del libro se ve acelerada por la Revolución Industrial y los avances técnicos que esta trajo consigo. Al mismo tiempo, la creación de los Estados nación, los procesos de escolarización y alfabetización, y el auge del periodismo crearon un público lector masivo que generó una gran demanda por impresos de todo tipo.
El libro, durante el siglo XIX, continuó sufriendo transformaciones físicas: los formatos de menor tamaño, las nuevas técnicas de composición tipográfica (linotipia y monotipia) e ilustración (litografía y fotograbado), el empleo de papel pasta y la elaboración de la hoja de papel continuo fueron todos avances que permitieron mejorar la calidad de los libros en todos los aspectos.
En el siglo XX, se perfeccionaron estas técnicas mecánicas y se profundizó la automatización. Pero fueron las ciencias informáticas, durante la segunda mitad del siglo, las que dieron un salto cualitativo respecto a la forma de fabricar los libros y su soporte físico. De hecho, el libro se independiza del soporte con el nacimiento del libro digital. Este se atribuye comúnmente al Proyecto Gutenberg, en la Universidad de Illinois, durante los primeros años de la década de 1970, aunque esto está en disputa. Recién en el cambio de milenio aparece también un nuevo soporte para los libros digitales: el lector de libros electrónicos o e-reader. Esta historia continúa en nuestro artículo sobre la historia del libro electrónico, ¡no te lo pierdas!
A lo largo de su historia, el libro atravesó innumerables transformaciones materiales, técnicas y culturales. Desde las tablillas de arcilla, el papiro y los pergaminos hasta la imprenta y los lectores digitales, cada innovación modificó la manera en que las personas producen, comparten y acceden al conocimiento. Sin embargo, a través de todos estos cambios, el libro ha conservado su lugar como una de las herramientas fundamentales para el desarrollo de la humanidad.
