¡Cuentos de terror! 👻

Ganadores de concurso de cuento de terror

¡Gracias a todos los que enviaron sus cuentos de terror a nuestra convocatoria exprés! Aquí publicamos a los tres ganadores.

El primer puesto se ganó una copia de Mujeres letales. Obras maestras de las reinas del terror, un libro de cuentos de terror editado por Edhasa, con relatos de Mary Shelley, Lou May Alcott y Edith Wharton, entre otras.

🎃 Cuentos ganadores:

  • Primer lugar: «Ruido negro», por An Lin
  • Segundo lugar: «Por si alguien me lee», por Samira Naddeo
  • Tercer lugar: «La casa torcida», por Benjamín Hidalgo

Y, ahora, sin más preámbulo, los cuentos:


Ruido negro

Por An Lin

La mujer mira hipnotizada el armatoste rosa que bate a toda velocidad la crema para el postre que planea llevar al trabajo. Está ansiosa por volver, la licencia le pareció eterna e innecesaria. Mira la crema y piensa qué pasaría si metiera la mano. ¿Le torcería los dedos hasta arrancárselos, tiñendo la crema de un completo y oscuro rojo morboso? ¿O simplemente la empujaría  hacia afuera, invitándola a dejar de hacer estupideces? Sin duda algo que en otro momento hubiera hecho sin pensar demasiado. Está sumergida en ese pensamiento intrusivo, cuando un ruido la saca del trance. Lleva los ojos hasta la mesa principal y los detiene sobre un monitor de bebé que está justo en el centro. Queda inmóvil y en silencio durante unos segundos, pero no tiene paciencia. Suelta la espátula sobre la mesada y camina preocupada hasta una habitación. Abre la puerta, mira hacia el interior y lo que ve la tranquiliza. Suaviza el ceño y larga un suspiro de alivio, apoyando la palma de la mano sobre su pecho, como una especie de ritual para calmar las pulsaciones que subieron precipitadamente.

De la calma a la desesperación y viceversa.

Vuelve a la cocina y mira la crema que sigue girando, ahora cortada. Ya no sirve, pero igual todo está bien. Descarta la crema y busca el plan B: dulce de leche.

Más tarde se recuesta en el sillón a mirar una película, envuelta en su manta preferida: una frazada de lana gruesa, color rosa bebé. Afuera es primavera y la sensación térmica es de 20 grados, pero ella tiene un “temita” con el calor, así que prefiere poner el aire acondicionado en 15° y lo pasa como si fuera un verano de Islandia; ella vive su propia aventura. Se enrolla con la manta y se tira en el sillón, convertida en un delicioso panqueque gigante. Trata de disfrutar. Siempre trata de obligarse, pero le cuesta. La película la incomoda, porque se trata sobre la pérdida de un hijo y eso la hace pensar en Carla. Ella perdió un embarazo muy deseado. Pobre Carla. Se acaricia el vientre y sonríe, aliviada. “Menos mal que no soy Carla”, recita como un deseo y decide cambiar de película por una comedia. Mientras empiezan los títulos, va hasta la cocina a servirse una copa de vino tinto, como para coronar el buen momento. Se está sintiendo bien, como hace tiempo no le pasa, y eso es motivo de celebración.

Un momento después —que lo mismo podría ser diez minutos o cinco horas—, escucha un ruido fuerte que la hace abrir los ojos y darse cuenta de que se quedó dormida en el suelo. La manta sigue completamente enrollada sobre el sillón, como si la mujer jamás hubiera estado dentro. Supone que debe haber sido por el vino. Hace mucho que no bebe alcohol, por indicación médica, pero pensó que una copita no le haría mal. Al parecer se equivocó. Mira hacia la mesa ratona y ve la copa casi llena. Trata de hacer memoria. Quizás se sirvió por segunda o tercera vez. No puede terminar de descubrirlo porque un repiqueteo constante le retumba en la cabeza y no la deja pensar con claridad. Está aturdida y empieza a dudar de que esa sea su casa. Unos segundos después, sus sentidos se acomodan y por fin entiende que lo que suena con tanta insistencia es el timbre de la calle.

—Solo las malas noticias llegan a estas horas de la noche —recita en voz alta, mientras camina con pánico hacia la puerta. ¿Quién puede ser?

Cuando abre, la claridad que entra de pronto la obliga a entornar los ojos casi con dolor. Ella pensando que es de noche y afuera son las dos de la tarde. La vista se le acomoda y descubre entre el brillo la cara de su amiga. “¿Carla?”, piensa, confundida, mientras se hace a un lado para darle paso. Su amiga le da un beso y entra revoleando los ojos para todos lados, como escaneando cada rincón de la casa con su mirada láser. Algo pasa y las dos lo perciben en el aire, pero ambas actúan con falsa normalidad. No tiene muchas ganas de recibirla, pero no sabe cómo evitarlo, no quiere armar un circo. Le da la bienvenida con una tierna sonrisa de telenovela y le ofrece un café. De camino hacia la cafetera se acuerda del monitor de bebé. Por alguna razón, piensa que su amiga quizás se va a sentir mal si lo ve, así que decide sobre la marcha desviarse hacia allá, haciendo de cuenta que necesita algo de la mesa, cuando lo único que hay sobre ella es ese bendito monitor. Cierra los ojos y cruza los dedos, deseando en voz baja que su amiga no se dé cuenta. Llega hasta el aparato, lo toma con habilidad prestidigitadora y con un ágil movimiento lo esconde dentro del mismo cajón de donde saca las cucharas para el café.

—¿Qué hacés por acá? —le consulta disimuladamente, mientras le acerca la taza caliente a las manos.

—Vos me llamaste —le responde su amiga, extrañada por la pregunta.

No recuerda haberla llamado, pero tampoco recuerda haberse acostado en el piso o haberse caído mientras dormía. Queda suspendida en el tiempo tratando de repasar sus momentos previos, mientras observa cómo gira su café y trata de usar ese movimiento para rebobinar su propia vida. Quiere inventar una excusa creíble, pero vuelve a escuchar el insistente ruido, fuerte y áspero, que la descoloca por completo. No quiere que su amiga la escuche. El pánico la hace saltar de la silla. Trata de disimular, pero la desesperación crece dentro suyo y cada segundo es peor. Mira hacia el pasillo y después a su amiga, que la observa desconcertada.

—¿Estás bien? —le pregunta, un poco asustada.

—Sí, sí. Escucho una gotera que me parece que viene del baño —le contesta, pero en el mismísimo instante en el que se vuelve a sentar, se desata en sus oídos un silencio aturdidor y, en la nada, un grito ahogado de asfixia. Algo malo está pasando y lo siente en su cuerpo; en la punta de los dedos y en lo más profundo de su garganta.

Ya no puede ni quiere disimular su desesperación. Ahora solo quiere correr hacia la habitación para asegurarse de que todo esté bajo su control y eso hace. Corre. Esquiva los obstáculos con torpeza y sigue corriendo. Siente que corre durante horas y, cuando llega, se queda parada inmóvil bajo el marco de la puerta, mirando hacia lo profundo de la habitación completamente vacía. Ni siquiera respira. Los ojos ensopados en lágrimas, todas ellas con miedo de salir y no poder parar nunca más; como la última vez que se atrevieron a salir y casi hacen que la pobre muera deshidratada.

Después de un instante perpetuo, suelta el aire contenido y solo dos lágrimas ruedan por su mejilla. Su amiga está parada detrás de ella. Le apoya la mano en el hombro y, con paciencia y ternura, la acaricia suavemente y le pregunta con cuidado:

—¿Hace cuánto que no tomás la medicación, Carla?


Por si alguien me lee

Por Samira Naddeo

Nadie me advirtió…

Nadie me advirtió hace seis años, cuando pagué por no tener que seguir sosteniendo mi vida, que iba a terminar encerrada en el baño de la casa de mi pareja, escribiendo esta carta a duras penas y a punto de enloquecer.

Nadie me dijo que algún día dejaríamos de reconocernos, que mirarse a una misma al espejo podría ser un hecho escalofriante. En su momento parecía algo milagroso, incluso necesario; una salida.

Llegó la clonadora a Buenos Aires y yo fui de las primeras en comprar su servicio. Me hicieron algunos chequeos médicos, les di una muestra de saliva, me endeudé para pagar las primeras tres cuotas y me entregaron algo que era más yo que yo misma: una Desirée mejorada, incansable.

Nada más de filas interminables en la obra social, ni despertadores a las seis de la mañana para ir a trabajos que odiaba, ni cumpleaños forzados, ni almuerzos en familia fingidos. De todo se encargaba mi otra yo, mientras yo descansaba de vivir.

A los seis meses, dejó de mirarme a los ojos; a los diez, balbuceaba cosas raras; al año, empezó a salir sin avisar. Finalmente, desapareció.

Después vino todo el caos que ya saben: los reportes de personas desaparecidas, dobles suplantando la identidad de sus dueños y, por último, las alertas del gobierno:

“Estamos recibiendo incontables reportes del organismo hostil que identificamos como dobles. Si ve a una persona idéntica a usted, corra y escóndase. Si uno logra entrar en su casa, absténgase de cualquier tipo de comunicación o contacto con la amenaza. Llame al 382, la ayuda está en camino”.

A pesar de todo tenía a Sylver, mi Sylver. Ella me miraba como si no hubiera una copia posible de mí, como si fuera su único lugar seguro en el mundo, y ella era el mío.

Por eso vine verla. Porque vive a siete cuadras de la Plaza del Maestro y yo enfrente; porque me llamó angustiada, me dijo que la visitara lo antes posible, que algo no estaba bien. Ni siquiera lo dudé.

Cuando llegué, la casa estaba a oscuras, la puerta entreabierta y los perros del fondo no ladraron. Solo me recibió un silencio raro, uno lleno de algo.

En el living, trozos de su taza favorita en el suelo y manchas en la alfombra que no quise ni ver.

Al final del pasillo la encontré, con una expresión desfigurada por el espanto y la piel fría. Ya no respiraba.

No sé cuánto tiempo estuve arrodillada abrazando su cuerpo. Lo que sí me acuerdo muy bien fue esa risa asquerosamente parecida a la mía que sonó al otro lado del pasillo, como si la escena fuera graciosa. Ahí pude verlas, éramos nosotras.

Bueno, nosotras no, esas que pretenden serlo. Una perfecta copia de Sylver con su pijama favorito, el de Stitch, agarrando la mano de una versión mía encorvada. Fue horrible. 

Corrí, me encerré en el baño y seguí el protocolo al pie de la letra. No sé de dónde saqué fuerzas. Llamé al 382. Me atendió una mujer con voz automática, como si repitiera lo mismo por enésima vez. Dijo que iba a mandar un móvil lo antes posible, que me quedara callada, que por ninguna razón abriera la puerta. Y cortó. Y no vino nadie. Ni esa noche, ni al día siguiente. Probablemente no van a hacerlo.

Es en esta situación tan poco favorable que caigo en cuenta de que el protocolo es un cuento chino; nunca estuvimos protegidos por nadie, mucho menos por el gobierno.

Ellas siguen ahí afuera, haciendo todo lo posible por volverme loca y creo que están consiguiéndolo. Por momentos pienso genuinamente que quien me habla al otro lado de la puerta es Sylver. Grita, llora, me dice las cosas más hermosas (las que necesito escuchar) y después, las más retorcidas. Pero nunca abren la puerta. A veces la golpean. Otras, mueven el picaporte. Lo hacen sin apuro, como si lo disfrutaran. Estoy segura de que están esperando que sea yo quien elija abrir.

No pienso darles el gusto.

Por eso escribo esto. Es un poco estúpido, dudo que alguien lo lea. Pero, si hay una mínima posibilidad de que eso pase, quiero dejar un registro de que Desirée Da Silva, la real, sí existió. Sylver Valicenti también.

Esas de ahí afuera no somos nosotras.

Y nadie vino a rescatarme.

Desirée Da Silva


La Casa Torcida

Por Benjamín Hidalgo

Eran las cortinas más lúgubres que había, y cubrían los ventanales que reflejaban el frío del exterior, descendiente de los anhelos de un compromiso de búsqueda por amor propio, el cual solo quedó en un hueco en el pecho de Norson, el hombre que habitaba la casa torcida, al final de la calle Dontell.

Las paredes estaban cubiertas de cicatrices, ¿hechas adrede o solo un acto de naturaleza viva? Solo el tiempo lo dirá, el pasado murió, el presente perece y el futuro es borroso.

Desgastada la pintura estaba, de tal forma que su amarillo ya era enfermizo a los ojos, moribunda está la belleza.

El olor putrefacto se impregnaba en el olfato de todo hombre al pasar, ¿la casa vivió y murió? ¿acaso renacerá de su putrefacción?

Tal casa no tenía palpitar, solo retumba los pasos sin fin del hombre que vive en ella, Norson.

Un vejestorio que fue engendrado del dolor más humano, pero que perdió su humanidad con el pasar de los años, niñez amarga, juventud solitaria y torpe, vejez suicida y lenta.

Norson vive en la casa torcida, rodeado de nada, sin memorias que compartir o crear, solo paseos rutinarios dentro de la casa, sin sentido alguno, ni esperanzas o cambios, un ciclo que no pasará de la locura.

Solo pensamientos de otras vidas que surgen en el exterior con alegría y llanto, el néctar del hombre, la manzana prohibida que debes comer para vivir.

¡Nunca hubo mordida alguna!

Norson nunca la saboreó ¿decisión propia? Solo él sabe la respuesta, la cual no compartirá con nadie, excepto con su casa torcida.

Los ecos de sus pasos son apresurados. Ansioso y rabioso yace, en su casa torcida ha crecido una mancha que perturba sus entrañas en la pared.

La curiosidad lo carcome. ¿Por qué ha decidido quedarse y florecer? ¿No sabe que la flor que madura en alcohol solo espera a morir?

¡Será hoy! ¡Hoy será el día!

Ha perdido la cuenta Norson de la estadía de la mancha, pero es hoy.

Hoy cae en desgracia la mancha.

Tomará su vida, la tendrá en la palma de su mano, y aplastada será. Pero Norson no es un asesino. ¡Qué acto más vil y cruel, por Dios! ¿Qué pensara la casa torcida de él?

Has de ser un hombre de bien.

Sin embargo, ¿qué es un hombre de bien? ¿Aquel que vive en plenitud? Un hombre de bien solo existe en la cabeza de los que fueron consumidos por la irracionalidad. Una sombra ilusoria es el hombre de bien, no merece pensamientos que dedicar.

El paso se convierte en trote, y de trote a una carrera que no tiene ganador.

Gritos de histeria, de miseria, salen expulsados desde sus interiores.

Ya no puede más, ya no lo soporta.

Norson, al frente de la mancha, la observa, la repudia, y cabezazos empieza a dar contra la mancha.

La sangre brota de su frente, los alaridos son fugaces y punzantes, sus memorias inertes cobran vida por última vez, y con cada cabezazo vuelven a atormentarlo.

¿Qué son? ¿En qué piensas, Norson?

¡No se sabrá, están extintas!

Norson en el suelo yace, en un charco de su propia sangre, la mancha teñida de rojo invicta está. ¿Por qué ha decidido quedarse en la casa torcida?

Una respuesta no hay, ecos del andar de la mancha se escuchan, dentro de la casa torcida se escuchan, con paso tranquilo y pensativo.

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